La fortaleza mental en el deporte: más allá de aguantarlo todo.

 

La fortaleza mental no significa aguantarlo todo: el lado del deporte que pocos quieren ver

Por Prof. Amauri González | Orientador escolar · Autor de Brújula Vocacional · Creador del sistema VERTICE ·  Coach y mentor en psicología deportiva.

Hay una frase que se escucha con frecuencia en el mundo deportivo: «Los fuertes siguen adelante».

La escuchamos en los entrenamientos, en los vestuarios, en las gradas y hasta en las conversaciones entre padres e hijos. Se utiliza para motivar, para levantar el ánimo después de una derrota y para recordar que alcanzar una meta exige disciplina y sacrificio.

Y es verdad: el deporte necesita perseverancia. Hay que aprender a levantarse después de una caída, aceptar los errores y continuar trabajando cuando los resultados no llegan.

Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿qué ocurre cuando confundimos ser fuerte con tener que soportarlo todo?

¿Qué pasa cuando un atleta siente que no puede expresar su agotamiento, que debe ocultar sus preocupaciones o que reconocer que necesita ayuda será interpretado como una señal de debilidad?

En ese momento, la motivación puede convertirse en presión y una frase que pretendía inspirar termina levantando una barrera para pedir ayuda.

La fortaleza mental no consiste en negar lo que sentimos. Consiste también en aprender a reconocerlo, afrontarlo y buscar los recursos necesarios para seguir adelante de una manera saludable.

Cuando un atleta dice: «Necesito parar»

El deporte profesional nos ofrece un caso reciente que merece una reflexión.

El 6 de octubre de 2026, Lane Johnson, reconocido jugador de los Philadelphia Eagles de la NFL, anunció su retiro después de 14 temporadas. En su decisión señaló la importancia de priorizar su salud mental y a su familia.

Su anuncio generó una conversación pública sobre el desgaste, las exigencias del deporte de alto rendimiento y el derecho de un atleta a tomar decisiones que respondan a sus circunstancias personales.

El debate creció después de que el comentarista deportivo Stephen A. Smith cuestionara inicialmente los motivos de su retiro. Posteriormente, Smith ofreció una disculpa pública y reconoció que se había equivocado al abordar el tema de la salud mental.

Más allá de las opiniones que haya generado este caso, hay algo que merece nuestra atención: cuando un deportista expresa que necesita priorizar su bienestar, ¿por qué sentimos que debemos juzgar de inmediato su decisión?

No conocemos todos los detalles de la vida de otra persona. Tampoco nos corresponde emitir diagnósticos ni asumir que sabemos exactamente qué está viviendo. Pero sí podemos elegir cómo respondemos cuando alguien habla de su bienestar.

Podemos burlarnos, minimizar lo que expresa o convertir su situación en un espectáculo.

O podemos escuchar, respetar y comprender que el rendimiento deportivo no es la única dimensión que define la vida de un atleta.

El atleta es mucho más que sus estadísticas

En el deporte de alto rendimiento, los resultados son importantes. Los equipos necesitan competir, los entrenadores deben tomar decisiones y los atletas trabajan para alcanzar objetivos exigentes.

No se trata de negar esa realidad.

El problema aparece cuando el resultado ocupa tanto espacio que dejamos de ver a la persona que está detrás de él.

Un jugador puede ser una figura destacada en la cancha y estar atravesando dificultades fuera de ella. Una atleta puede entrenar con disciplina y, al mismo tiempo, sentir una presión que no sabe cómo comunicar. Un joven puede sonreír durante una competencia y regresar a casa con miedo a decepcionar a sus padres.

No podemos asumir que estas situaciones están presentes en todos los deportistas, pero tampoco deberíamos actuar como si fueran imposibles.

Desde mi perspectiva como educador y mentor deportivo, la formación de un atleta debe contemplar algo más que la preparación física, la técnica y la táctica. También requiere desarrollar recursos para afrontar los errores, manejar la presión, establecer metas, comunicarse y reconocer cuándo necesita apoyo.

Un marcador puede mostrar quién ganó un partido. No puede contarnos toda la historia de las personas que participaron en él.

Y una medalla, por valiosa que sea, no debería convertirse en la condición para que un joven sienta que merece reconocimiento, respeto o afecto.

La disciplina no está reñida con el bienestar

Quiero detenerme en una idea porque considero que es fundamental: hablar de salud mental en el deporte no significa promover la falta de disciplina ni justificar cualquier conducta.

El compromiso sigue siendo importante. También lo son la responsabilidad, la puntualidad, el respeto por los compañeros y el cumplimiento de los acuerdos.

Un atleta necesita aprender a tolerar la frustración, aceptar las correcciones y trabajar para mejorar sus debilidades.

Pero una cosa es enseñar a afrontar las dificultades y otra muy distinta es transmitir que debe soportarlas en silencio, sin importar sus consecuencias.

La disciplina bien entendida ayuda a desarrollar hábitos, compromiso y capacidad de esfuerzo. La presión mal gestionada puede llevar a que el deportista sienta que nunca es suficiente, que equivocarse es inaceptable o que pedir ayuda pone en riesgo su lugar en el equipo.

Por eso, la fortaleza mental no debería medirse únicamente por cuánto dolor, presión o cansancio es capaz de soportar una persona.

También debemos valorar su capacidad para reconocer sus límites, aprender de sus experiencias, comunicarse con honestidad y tomar decisiones responsables.

En ocasiones, continuar será lo adecuado. En otras, habrá que ajustar las cargas, buscar orientación profesional o hacer una pausa.

Cada situación necesita una valoración responsable. Lo que no debería ocurrir es que el miedo a ser etiquetado como débil impida al atleta expresar lo que está viviendo.

Padres y entrenadores: ¿estamos formando personas o solamente buscando resultados?

Esta reflexión tiene especial importancia cuando hablamos del deporte juvenil.

Detrás de muchos atletas adolescentes hay familias que hacen sacrificios para pagar inscripciones, uniformes, traslados y entrenamientos. También hay entrenadores que invierten horas de trabajo, conocimientos y dedicación para ayudar a sus deportistas a mejorar.

Ese esfuerzo merece reconocimiento.

Sin embargo, precisamente porque el compromiso es grande, debemos cuidar que las expectativas no se conviertan en una carga que el joven sienta que no puede manejar.

Un adolescente puede interpretar una derrota como una decepción para su familia. Puede pensar que perder la titularidad significa que ya no tiene valor para el equipo. Puede callar una preocupación por temor a que el entrenador lo considere poco comprometido.

A veces, los adultos creemos que estamos motivando cuando decimos:

«Tienes que ser más fuerte».

«No puedes fallar en los momentos importantes».

«Si quieres llegar lejos, tienes que aguantar».

Pero ¿qué escucha realmente el joven cuando recibe estos mensajes una y otra vez?

Quizás entienda que equivocarse no está permitido. Que mostrar preocupación es decepcionar a los demás. Que su lugar en el equipo depende de cumplir expectativas que no siempre sabe cómo manejar.

No se trata de eliminar las exigencias ni de convertir cada entrenamiento en una conversación sobre emociones. Se trata de aprender a exigir sin humillar, corregir sin destruir la confianza y acompañar sin hacer sentir al deportista que está solo frente a sus dificultades.

Un entrenador puede mantener estándares elevados y, al mismo tiempo, escuchar a sus jugadores.

Un padre puede exigir responsabilidad y también recordar a su hijo que su valor como persona no depende de una victoria.

Un equipo puede trabajar para ganar y reconocer que el bienestar de sus integrantes forma parte de una cultura deportiva responsable.

Acompañar no significa hacerle el camino fácil al atleta. Significa ayudarlo a desarrollar las herramientas para recorrerlo sin perder de vista su bienestar y su dignidad.

¿Qué significa esto para el deporte venezolano?

Cuando llevamos esta conversación a nuestra realidad, aparecen preguntas importantes.

En Venezuela, el deporte representa para muchos jóvenes una oportunidad de crecimiento, pertenencia, formación y superación personal. Detrás de cada entrenamiento hay familias, entrenadores, clubes y comunidades que realizan esfuerzos importantes para sostener el proceso deportivo.

En ese contexto, necesitamos ampliar nuestra manera de entender la preparación del atleta.

No basta con preguntarnos cuántos puntos anotó, cuántos partidos ganó o si consiguió un lugar en la selección. También vale la pena preguntarnos cómo está viviendo su proceso, cómo responde ante los errores, si cuenta con adultos de confianza y si dispone de espacios adecuados para expresar sus inquietudes.

En disciplinas como el voleibol, donde la coordinación del equipo, la comunicación y la respuesta ante los errores tienen tanta importancia, el acompañamiento debe ir más allá de la corrección técnica.

Una jugadora que falla un saque necesita aprender a corregirlo y volver a intentarlo. Pero también necesita comprender que un error no define su capacidad ni borra todo el trabajo que ha realizado.

Un atleta que pierde la titularidad necesita herramientas para procesar la frustración, revisar su desempeño y continuar trabajando con objetivos claros.

Y un joven que manifiesta un malestar persistente necesita ser escuchado y, cuando corresponda, recibir apoyo de profesionales cualificados.

No todos los desafíos se resuelven con una charla motivacional. Algunas situaciones requieren cambios en el entorno de entrenamiento, acuerdos entre los adultos responsables o atención especializada.

Reconocer esa diferencia también es parte de una buena gestión deportiva.

Cinco acciones que pueden marcar una diferencia

Si somos padres, entrenadores o responsables de una organización deportiva, podemos comenzar por acciones sencillas y concretas:

1. Escuchar antes de juzgar. Cuando un atleta expresa una preocupación, permitamos que explique lo que está viviendo antes de responder con una corrección o una lección.

2. Corregir la conducta sin atacar a la persona. No es lo mismo decir «esta decisión táctica necesita mejorar» que etiquetar al deportista como incapaz, flojo o poco comprometido.

3. Valorar el proceso, no solamente el resultado. Reconozcamos la preparación, la responsabilidad, el aprendizaje, la cooperación y la capacidad de recuperarse después de un error.

4. Crear confianza para pedir ayuda. El deportista debe saber que comunicar una dificultad no significa automáticamente perder oportunidades ni quedar expuesto a burlas.

5. Reconocer cuándo necesitamos apoyo profesional. El entrenador y el mentor pueden acompañar muchos procesos, pero no sustituyen la atención de un profesional de salud mental cuando esta resulta necesaria.

Estas acciones no eliminan todos los problemas, pero contribuyen a construir ambientes deportivos más respetuosos, responsables y favorables para el desarrollo integral.

La verdadera fortaleza también se aprende acompañado

El caso de Lane Johnson nos invita a reflexionar sobre algo que trasciende el fútbol americano y las decisiones de una figura reconocida.

Nos obliga a preguntarnos qué clase de cultura deportiva estamos construyendo y qué mensajes transmitimos a los jóvenes que nos observan.

Si queremos atletas disciplinados, enseñemos disciplina.

Si queremos deportistas perseverantes, ayudémoslos a desarrollar perseverancia.

Si queremos líderes capaces de afrontar la presión, ofrezcámosles herramientas para hacerlo.

Pero no les enseñemos que deben esconder cualquier dificultad para demostrar que son fuertes.

La fortaleza mental también se expresa cuando una persona reconoce que necesita apoyo, conversa sobre lo que le preocupa y busca una salida responsable a una situación difícil.

Como educador y mentor, considero que nuestra responsabilidad no termina cuando el atleta abandona la cancha. También debemos contribuir a que desarrolle recursos que le sirvan en sus estudios, sus relaciones personales, su familia y su vida futura.

Esta es una de las razones por las que considero importante promover una visión integral del deportista, una perspectiva que también forma parte de mis iniciativas de acompañamiento y desarrollo deportivo.

Porque el atleta de hoy es también la persona que mañana deberá tomar decisiones, afrontar cambios y construir una vida más allá de la competencia.

Y cuando llegue ese momento, no bastará con que recuerde cuántos partidos ganó. También importará lo que aprendió de sí mismo, la manera en que trató a los demás y las herramientas que desarrolló para afrontar los desafíos.

Una pregunta para cerrar

Si un joven deportista te dijera que está agotado, que siente demasiada presión o que necesita ayuda, ¿qué encontraría primero en ti: un juicio, una exigencia más o una persona dispuesta a escucharlo?

La respuesta puede decir mucho sobre el tipo de entrenador, padre, mentor o líder que estamos siendo.

Porque formar atletas capaces de competir es importante. Pero contribuir a que se conviertan en personas capaces de afrontar la vida también debería ser parte de nuestra misión.


Prof. Amauri González.

Coach orientador y mentor en psicología deportiva.

La formación integral del atleta comienza cuando dejamos de ver solamente el resultado y aprendemos a reconocer a la persona.

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